PAR PA DOS

​Párpado Izquierdo se despertó a la hora de siempre. Al contrario que Párpado Derecho, él siempre madrugaba más, pues era de vital importancia en la primera tarea de la mañana: ayudar a Dedo Índice de la Mano Izquierda a presionar en la zona exacta de la pantalla del teléfono que hacía que la alarma sonase de nuevo tras unos minutos más de descanso.

Párpado Derecho, tan burgués él, siempre dormía ocho minutos más que Párpado Izquierdo. Ella le concedía este capricho porque solía dormir siempre de ese costado, y realmente solo necesitaba un ojo para despertarse en primera instancia. Al ser tan consentido, Párpado Derecho era de esos que todo lo hacen a última hora. En ocasiones la tarea de subir aquella persiana cutánea se volvía algo más costosa, pero siempre conseguía estar abierto para cuando Rodillas empezaban a elevar el peso de la chica en su viaje hacia el cuarto de baño.
Era martes y, una vez apurados al máximo aquellos minutos de gloria, Párpado Derecho trató de desplegarse, sin éxito. Un pegamento extraño bloqueaba su abertura. Nunca antes había visto una masa viscosa como esa con su propio ojo. Párpado Derecho estaba aterrado, mientras Párpado Izquierdo se mostraba tranquilo, y puede que también un poco contento de ver a su mellizo rival, por fin, caer en una pequeña desgracia.
Desesperado, Párpado Derecho decidió preguntarle a Córnea, que siempre estaba al tanto de todo lo que ocurría a ambos lados del ojo derecho, de ahí su fama de cotilla. Pero contra todo pronóstico, Córnea no sabía nada, y andaba desconcertada e irritada por ello. Esclerótica, Retina y Fóvea cuchicheaban dedicando una mirada de superioridad a Córnea y a Párpado Derecho, una mirada de esas que tienen las que se creen más dignas por tener una buena posición y estar menos expuestas a los peligros del mundo exterior.
El rumor se extendió a todo el ojo, y el murmullo se fue haciendo cada vez más fuerte, resonando en la oscuridad intraocular, creciendo tanto que finalmente llegó a oídos de todo el ojo izquierdo. Fue entonces cuando el siniestro Párpado Izquierdo, aprovechando la oportunidad de vengarse que le había dado el destino, señaló con vehemencia a Lacrimales, que hasta el momento no se habían pronunciado. “Fueron ellos, estoy seguro, aprovecharon que estábamos dormidos para derramar sus aguas sin que nos diésemos cuenta. Han infringido las normas del Jefe Cerebro y merecen un castigo.” Ante las increpaciones de ambos ojos, Lacrimales se vieron acorralados, y empezaron a cargarse de lágrimas, preparados para estallar en una confesión pasada por agua.
Pero justo en ese instante Corazón bombeó fuerte, con un estruendo que lo enmudeció todo. En cuestión de segundos, todos comprendieron lo que había sucedido, y decidieron que era mejor no hacer preguntas, pues Corazón nunca fue muy bueno dando explicaciones. Solo sabían que, en todos sus años de vida, aquello había sucedido en contadas ocasiones: una por cada noche que se había deshecho en mil pedazos y había tenido que volver a recomponer todas sus partes para seguir bombeando hacia delante.

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