la soledad era eso

Nunca pedía nada, y a nadie parecía sorprenderle. La mesa siempre vacía e impoluta; el servilletero y el cenicero intactos. Jamás mediaba palabra, y los cruces de miradas eran escasos. Aquel hombre se sentaba cada día en ese lugar y se limitaba a observar el infinito emborronado tras el plástico que hacía las veces de ventana. Su presencia se daba por sentada, lo cual lo volvía cada día más y más invisible. Pero un buen día el hombre ya no estaba allí. Y no volvió al día siguiente, ni tampoco al otro. Algunos clientes se mostraron francamente preocupados, con un interés que aterrizaba a deshora. Nunca nadie supo. Probablemente aquel desconocido había decidido buscar otro lugar en el que su soledad, cansada ya de esa invisibilidad irreversible, pudiera atormentarle en paz.

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